
MI PADRE PERÚ
Querido Padre:
Es posible que este relato que en este momento comienzo se convierta en un largo viaje, un largo recorrido por regiones casi antípodas, tierras altas que miran a otro mar, pues una vez más, mi inquietud o mi despierta curiosidad me han llevado a América, a la entraña arqueológica, artística e histórica del Nuevo Mundo.
Viajé a Perú y no me resulta fácil poner en palabras todo lo que he sentido porque mis recursos expresivos se me antojan cortos e insuficientes. Me atrevería a sugerirte el crecimiento ventricular como metáfora de lo que allí ha acontecido. En América mi corazón se ensancha, mis aurículas y mis ventrículos adquieren una función más que fisiológica y se convierten en cálido hospedaje de las más diversas sensaciones. América me hace sentir porque mi adolescencia y primera juventud fueron salpicadas afortunadamente de un buen número de nombres, lugares, ritmos y poesías a los que, con el transcurso del tiempo, tuve oportunidad de acceder físicamente. Cuando era un muchacho América me conquistó con sus canciones cuando yo, torpemente, interpretaba zambas, chacareras, bailecitos, guainos, tonadas, joropos, taquiraris, yaravís, vidalas, milongas, marineras y corridos que me hablaban de Lima, de Jujuy, de Córdoba, de Tucumán, de Catamarca, de Cuzco o de Santiago del Estero. Hablaban de estancieros y de gauchos, de la lucha en la Frontera, de la indómita personalidad del indio, del río Paraná y de los pájaros de sus orillas. Hablaban de la Cordillera y de la altiplanicie boliviana, hablaban de la retama y de la lana de la alpaca. Hablaban del ganado “orejano” y de los asados criollos, de la Cruz del Sur y de la transparencia de la noche andina, de amores indios y del trágico final de las vírgenes del sol. Así, acompañado de notas musicales, entré en las pampas planetarias. América me enamoró y fue para mi como una novia lejana a la que, resignadamente, quise sin poderla acariciar. Como un amor imposible que al mismo tiempo que me ataba a la vida me aferraba también a la utopía.
Durante años mi imaginación viajaba en travesías transoceánicas a las aguas en correntía del estrecho de Magallanes y supe de las leyendas marítimas del Cabo de Hornos. Contemplé los apareamientos de la ballena franca en Comodoro Rivadavia o en Península Valdés. Admiré el albatros, ave marina de hasta cinco metros de envergadura, portadora de las almas errantes de los náufragos, que sólo pisa la tierra firme para anidar. Saboreando los vinos de Mendoza creía paladear toda la tradición vinícola enseñada por los riojanos. En la bahía de Todos los Santos adiviné un remedo cálido de nuestras rías gallegas, aderezado de los ritmos africanos presentes en el candombé. En el campo uruguayo, a las orillas del estuario de La Plata, comprendí la rebeldía del gaucho y su afán por “desalambrar” y dar libertad a un ganado que siempre había sido mostrenco. Cuando miré los ojos negros y profundos de los niños indios recordé la deuda imprescriptible que tenemos contraída con América y nuestra obligación de procurar a esos pueblos una esperanza. Todo ello ocurría en mi imaginación desbordada y en mi corazón que quería ser de artista. Un corazón virtualmente americano, sufrido, rebelde y, a la vez, pacífico, sutil y guitarrero.
El tiempo, la experiencia y un poco de dinero me llevaron allí y todo me resultó peligrosamente familiar. Como si viviera una segunda experiencia, como soñar de nuevo lo soñado, como revivir una vez más lo ya vivido. En los ámbitos mentales de la memoria la realidad y la ficción se funden con fortuna y te aseguro que cuando recuerdo mis viajes me resulta difícil distinguir una cosa de la otra. Tal vez ahí radique la grandeza. El viajar no es hacer turismo. Viajero y turista son términos casi antitéticos. Viajar es, ante todo, una actitud sicológica que te predispone al enriquecimiento. Una disposición anímica que te abre a los demás y te hace receptor afortunado de la experiencia. Viajar es también explorar ilusionadamente los atractivos dominios del sentimiento. Puedes creerme si te digo que durante la primera noche en Cuzco sentí temblar la tierra y, lejos de asustarme, me limité a escuchar desde la cama como si se tratara de una telúrica canción de bienvenida. Cuando me acercaba a los pelícanos en le puerto de Paita, éstos, lejos de asustarse, presentaban poses artísticas y se zambullían en el agua, haciendo alarde de sus habilidades en la pesca. Los lobos marinos acudían ceremoniosos en nuestra búsqueda, recabando nuestra atención en competencia con las aves palmípedas.
Cuando mis ojos contemplaron el barroco arequipeño sentí una religiosidad elemental y terrestre. La profusión de panes de oro, la plata repujada y la madera de cedro labrada adornaban mil altares evocando a la Virgen María. Mantos de forma triangular, hilos de oro, bordados exagerados, la omnipresente media luna, las estrellas y el pelo natural daban muestra de esa religiosidad sincrética. Los dominicos y los jesuitas hubieron de aceptar las tradiciones del inca porque de haber entrado en abierta confrontación con los elementos indios la evangelización no hubiera tenido lugar. Por eso se adornan los santos con pelo natural, incluso dientes reales, en clara similitud con las momias enterradas en vasijas de barro. Los santos comparten altar con el sol, la luna y las estrellas. Los peruanos son en la actualidad extraordinariamente religiosos. Han abrazado la fe católica sin reservas, acuden a la Misa dominical, bautizan y confirman a sus hijos, comulgan y se confiesan con regularidad. Pero el 21 de junio, coincidiendo con el solsticio de verano, acuden a las cumbres más próximas a honrar al Sol y a pedirle que no los abandone. Las cumbres nevadas, a las que llaman abreviadamente “ nevados”, son veneradas como seres mágicos y protectores llamados “apus”. Es sorprendente el dominio que tienen del agua, como la manejan y la gestionan como el más avezado ingeniero municipal. Sorprende que un pueblo que, al parecer, no conocía la rueda haya conseguido desplazar importantísimas cargas con la sola utilización de planos inclinados y lubricantes que facilitaran su deslizamiento. El pueblo inca tuvo que ser un pueblo sabio. Hasta es probable que los incas y los Andes sean manifestaciones orgánicas e inorgánicas de la misma cosa. Tal vez Perú sea un ejemplo de identificación esencial entre el hombre y la tierra. Existe una ruta entre Corihuarachina y Machu Picchu , la ciudad sagrada, a la que llaman el Camino del Inca. Se trata de un camino de apenas cincuenta centímetros de ancho que, bordeando el río Urubamba asciende vertiginosamente hasta entrar en la ciudad sagrada por el puesto de vigilancia, desde el que se contempla una panorámica de la ciudad a la que las fotografías no hacen justicia. Algunos caminantes esforzados realizan ese trayecto en cuatro días, haciéndose acompañar de porteadores indios, a los que, por motivos humanitarios se les ha limitado la carga a 29 Kgs. cuando lo habitual era llevar hasta 80 Kgs. Se han de transportar víveres, sacos de dormir y tiendas, pues la montaña sólo te facilitará el agua. Es posible que ese camino constituya la quintaesencia de América y nada me gustaría más que recorrerlo. Todo – nunca mejor dicho- se andará.
Llegamos a Lima “ la horrible”, en expresión cruel del historiador José Mª Arguedas, en la tarde del domingo, 29 de mayo. Lima concentra el 30% de la población peruana. 7.740.000 personas la habitan. La caracterizan dos rasgos endémicos: una contumaz- en tiempos se decía pertinaz- sequía y una neblina constante que priva de la claridad solar durante todo el año. A esa neblina la llaman “ garúa”. Hay un párrafo muy elocuente de Mario Vargas Llosa que dice literalmente que “ si se vive en Lima hay que acostumbrarse a la miseria y a la suciedad, o volverse loco o matarse”. Creo que son exageraciones literarias de su “ Historia de Mayta”. Lima tiene dos barrios residenciales perfectamente presentables y son Miraflores y San Isidro. Nuestro hotel, el Marriott, se encuentra en el primero. Un edificio moderno, dotado con todas las comodidades. Aquella misma noche nos recibió el Consejero Comercial de la Embajada, un chico joven, de aspecto agradable y cuidadas maneras, Bernardo Hernández San Juan, técnico comercial del Estado. La Camara de Comercio de La Coruña organizó una cena en un restaurante muy original, ubicado en una especie de palafito que entraba en el mar. En La Rosa Náutica, tal era su nombre, me llamó la atención un característico olor a brea, muy familiar a mi pituitaria, que me recordaba al aroma de las dornas varadas en las ramblas de Portosín. Los cimientos de madera que soportaban el edificio estaban sin duda embreados para garantizar su mantenimiento. Mi primer plato peruano fue de atún rojo. Poco hecho y acompañado de una salsa bearnesa. Otros se inclinaron por el pez espada y otros por la carne de res. El cansancio del viaje y ese mal que llaman los pedantes “jet-lag” limitó un poco el disfrute y más de un comensal se caía de sueño encima del plato. En esa cena comencé a observar a José Mª Ozores particularmente confuso y lo atribuí a la fatiga.. Eran las siete de la mañana, hora española, doce de la noche, hora peruana, cuando nos acostamos después de veinticuatro horas sin adoptar la horizontalidad.
A las siete de la mañana- ya hora local- estaba desayunando con Carlos Martinez, un abogado del Estado excedente, asesor jurídico de la Sociedad de Estiba de La Coruña y primerizo en estos viajes. Hombre ya veterano, prudente, conversador y magnífico compañero de viaje. Ambos ponderamos la calidad del desayuno consistente en un buffet inabarcable que incluía la labor de un peruano de raza india especialmente diestro en hacer las tortillas más variadas. Yo opté por el salmón ahumado y la macedonia de frutas, dejando los huevos para mejor ocasión. Creo que Carlos se animó a la tortilla de champiñones. Café y zumo de naranja. La bollería, variadísima. Y una colección de frutos tropicales que era toda una sinfonía de color: maracuyá, fruto de la pasión, mango, piña, durazno, coco, melón y sandía.
Como quiera que el avión para Arequipa no salía hasta las dos de la tarde, aprovechamos la mañana para hacer un pequeño recorrido turístico por Lima, la Lima Cuadrada o el Cercado de Lima, en una palabra, la antigua Lima. Visitamos la iglesia de San Francisco, cuya riqueza interior contrasta con la austeridad exterior. Dos torres de estilo limeño, pintadas de amarillo y blanco. Son destacables dos apostolados en la sacristía: uno atribuido a Zurbarán y otro a José Ribera, el Españoleto. Lima fue la capital del Virreinato y alojó a muchas familias patricias. Existen multitud de casas señoriales como la Casa de Pilatos, hoy Tribunal Constitucional, Casa de Torre Tagle, administrador de la flota del Pacífico, Casa de las Trece Monedas, hoy sede de la Sociedad Peruana de Matemáticas; Casa del Oidor, una especie de Defensor del Pueblo.
La Catedral de Lima ha sido rehecha tres veces y otras cuatro veces rehabilitada debido a los derrumbes causados por los terremotos. Nada queda del primer templo iniciado por Francisco Pizarro en 1535. Destaca la capilla de Pizarro, con su sarcófago velado por un león dormido. El Palacio Presidencial fue concluido en 1938, de estilo neocolonial, obra de un arquitecto francés, Claude Sahult y un polaco llamado Malachowski. Lima tuvo una época de esplendor económico en el período entre guerras. Los negocios del nitrato, del cobre y del guano- abono natural procedente de los excrementos de ave recogidos en las islas del pacífico- atrajeron a una burguesía pujante que gustaba de reunirse en el Nacional. Una réplica dignísima de los clubes ingleses, ubicado en la misma Plaza Mayor o Plaza de Armas. También tuve la oportunidad de conocer el famoso Puente de Piedra, que tantas veces canté en “ La flor de la canela”. Aquel famoso “ del Puente a la Alameda menudo pie la lleva por la vereda que se estremece al ritmo de sus caderas…” Durante la visita nos arrancamos repetidamente por algunos sones limeños como “Amarraditos” o “ Limeña” y nuestro guía se sorprendió de nuestra afinadísima entonación. Y entonces le retamos a aportarnos alguna canción que no estuviera ya en nuestro repertorio y le resultó ciertamente difícil.
Terminamos bailando “ Marineras por Fray Martín”.
Yo he leído a Vargas Llosa y a Brice Echenique, pero creo que lo más destacado de la literatura peruana, después del Inca Garcilaso de la Vega, ha sido César Vallejo. Era un poeta provinciano, nacido en Santiago de Chuco en 1892. Escribió poemas raros, incomprensibles, inaccesibles a toda lógica poética. Dedicó a nuestra tierra su famoso “España, aparta de mi este cáliz”, sensibilizado por el drama de la guerra civil y allí estaba “España, con su vientre a cuestas”. Tiene un libro de poemas titulado “ Trilce”, feliz contracción de los adjetivos triste y dulce. Y fue profético con su afirmación inexplicablemente premonitoria:
“Me moriré en París, con aguacero,
Una tarde de la cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París- y no me corro-
Tal vez un jueves, como es hoy, de otoño”
Revolucionó los fundamentos poéticos hispanoamericanos, siguió el camino escarpado del sufrimiento y se murió en la capital francesa una tarde lluviosa de 1938. Sus restos descansan en el cementerio de Montparnasse, tal y como dispuso su Georgette, con la que mantuvo una tormentosa relación en los últimos años de su vida. Sirva esta breve referencia de homenaje a su esfuerzo y a su memoria.
Alrededor de mediodía embarcamos en un Airbús 320 de la compañía Lan Perú, versión peruana de la compañía chilena Lan, con destino a Arequipa. Un avión nuevo, casi a estrenar y un servicio abordo inmejorable. Bocadito salado y caliente, postre y cerveza o vino a nuestra elección. Azafatas amables. A lo largo del vuelo y superada la “garúa” limeña nunca perdimos la visión de los Andes. Es un espectáculo que en absoluto resulta cansino. Después de una hora y media arribamos a Arequipa. Se encuentra en un altiplano a 2.335 metros de altitud. La luz de la tarde empezaba a decaer y tendía un manto rojizo sobre las casas humildes de adobe y cañas. Cuando abandonábamos el avión observamos a nuestras espaldas el volcán Misti, volcán activo con una altitud de 5.821 metros. Y muy próximo a él una montaña majestuosa, el Chachani, con 6.075 metros. En Europa no estamos en absoluto acostumbrados a estas altitudes y por lo tanto, ante la visión impactante de tales cimas, sólo apetece sentarse y contemplar. El resto del pasaje se sorprendía de nuestra paralización en el pequeño tramo que separaba el avión del edificio terminal, pero estábamos atónitos e incrédulos ante la indescriptible visión. Hubo, incluso, quien aplaudió. No era un mal comienzo arequipeño y, créeme, me resulta muy difícil de describir.
Arequipa ha sufrido en su historia catorce destrucciones totales debidas a la furia de los volcanes que la rodean. Uno se pregunta qué carajo encontraron sus pobladores para mantener semejante fidelidad. Tal vez haya sido la piedra blanca. Lo cierto es que es la segunda ciudad de Perú. Cuenta 865.000 habitantes y ha sido recientemente declarada por la UNESCO patrimonio de la humanidad. Nos hospedamos en el hotel Libertador, un cinco estrellas de estilo colonial, ubicado en un antiguo palacio. En el hall del hotel nos obsequiaron con un té de coca, a los efectos de prepararnos para el “soroche” o mal de altura. Éste se manifiesta a través de una ligera mareosidad, un suave y llevadero dolor de nuca y una fatiga superior a la normal. Te aconsejan lentitud en el paso, evitar esfuerzos, no abusar del alcohol y no portar cargas excesivas. Lo cierto es que resulta llevadero y todo lo que se ve, se oye, se huele, se toca o se degusta a tamañas altitudes compensa sobradamente la molestia.
Inmediatamente de acomodar nuestros pertrechos en el hotel nos dispusimos a pasear el centro de la ciudad. Ya era noche y la Plaza de Armas se encontraba iluminada por una luz tenue pero suficiente. La plaza tiene tres laterales con dos pisos de arcadas y el cuarto lo aporta la catedral. Magnífica, sufrió sucesivos derrumbes por los terremotos y fue enteramente reconstruida en estilo neo renacentista en 1868, aunque sus torres sufrieron el seísmo de 23 de Junio de 2001. En el interior destaca un altar en mármol de Carrara y un órgano construido para la Exposición Universal de París de 1889. Se le rinde un culto especial al Jesús del Gran Poder. Es muy señalable el fervor de los fieles. El texto de la misa es el mismo que se reza en España, aunque me atrevería a decir que un poco más elemental. Visitábamos la basílica justo durante la celebración de la Eucaristía y, en el momento de dar la paz, cantidad de arequipeños se nos acercaron cordiales y humildes, extendiéndonos unas manos oscuras, recias, encallecidas, que nos disiparon todo temor vespertino. Yo recordé una breve estrofa de una canción que cantaba Mercedes Sosa:
“Dale tu mano al indio
dale, que te hará bien;
y encontrarás el camino
como ayer yo lo encontré.”
La noche avanzaba y se dejaba notar en la temperatura, que había caído bruscamente. Dimos un breve paseo por la plaza y disfrutamos de las blancas fachadas, construidas en piedra volcánica labrada. Allí compré unos gemelos de plata, adornados con un esmalte que reproduce el escudo de Perú. Su precio me pareció una ganga, diez dólares. La artesanía de la plata es algo recomendable en Perú y quise otorgarme un pequeño homenaje.
La Autoridad Portuaria de Vigo nos invitó a cenar esa noche en un restaurante típico situado en una zona un tanto apartada, cruzando el río Chilli por el puente Bolognesi. El criterio casi unánime fue un prolongado aperitivo rematado con un lomo de res. He de decir que la cocina peruana es de altísima calidad y extraordinariamente variada. A ello contribuyen los ingredientes naturales y la alta cualificación de sus profesionales cocineros. Las verduras son buenísimas, el pollo es la carne más consumida. El choclo ( maíz), el chifle ( plátano frito en hojas), los distintos ceviches de congrio o de corvina, el cuy asado ( conejo de indias) son platos muy valorados por los críticos internacionales. Es indudable que la cocina varía en función de la zona geográfica: la costa se vuelca en el pescado; la sierra, en las hortalizas; y la selva, en las frutas tropicales. También he de decir que aquella noche, desoyendo las sugerencias de prudencia con el alcohol, probamos el pisco sour, el coctail típico peruano que se compone de aguardiente de uvas, clara de huevo, limón, azúcar y hielo picado. El pisco se lo disputan peruanos y chilenos sin que ninguno aporte argumentos que nos permitan tomar partido. Lo cierto es que, junto a la caipirinha brasileña, es el combinado más célebre de la América latina. Después de cenar regresamos a pie al Hotel Libertador sin que en ningún momento nuestros ojos dejaran de mirar al cielo. Un cielo nocturno, pero transparente y distinto. Vimos constelaciones nuevas que decoraban una bóveda celeste brillante. Un cielo diferente, me atrevería a calificar de luminoso, enmarcado por las cumbres de los volcanes, y que en la noche andina parece al alcance de la mano. Sólo ese cielo sería suficiente para explicar el porqué de Arequipa.
Al día siguiente un autobús nos estaba esperando para llevarnos al lugar costero de Matarani. Entre Arequipa y este lugar marinero existe un desierto montañoso llamado el desierto de La Joya. Todo es inhóspito y seco. La carretera a medida que se acerca al mar se va haciendo sinuosa y uno no cesa de hacer plegarias para que la mecánica no falle, pues podría suponer un disgusto. La ida fue toda ella cuesta abajo. Partíamos de desde más de 2.300 metros de altura. En un principio se nos presentó una prolongada llanura, pero cuando se inició el descenso mi preocupación se centró en la temperatura de los discos de freno y en la existencia o no de freno eléctrico. La carretera era particularmente sinuosa y muchas de las curvas estaban sin protección alguna, dejando ver barrancos, precipicios y abismos realmente intimidantes. El autobús no era precisamente de los de Pepe Cosmen. Era más bien una reliquia, con más de treinta años, que crujía en cada curva. En los Andes no todo es poesía. En más de 90 kms. no encontramos un solo “grifo” ( gasolinera), los móviles estaban sin señal y cualquier anomalía hubiera supuesto un serio problema. Ni una planta, ni un río, ni una triste alma que pudiera suponer algo de compañía. Sólo muy de cuando en cuando aparecía algún camión pesado, seguramente con destino a Bolivia, que saludaba con un bocinazo feroz.
Sobre las doce y media de la mañana llegamos a Matarani. Se trata de un puerto privado gestionado muy eficazmente por la empresa TISUR ( Terminal Internacional del Sur, S.A.). Allí nos recibió un ingeniero peruano muy bien preparado, de rasgos en absoluto indígenas y que se llamaba- aquí está lo bueno- Erick Hein Dupont. Nombre nórdico y apellidos holandés y francés. Como buena prueba de que en toda la América hispana las elites dirigentes son de clara ascendencia europea. Nos recibieron en unas oficinas muy agradables, decoradas con motivos incas. Nos ofrecieron café y agua mineral. José Mª me había pedido que preparara una breve presentación del grupo y creo que lo hice con dignidad, justificando nuestra inquietud por el conocimiento geográfico, nuestro afán de profundizar en las técnicas de explotación de los recursos portuarios. El gerente estaba sorprendido de la visita y la agradecía. Pero no alcanzaba a comprender cómo un grupo de españoles, dedicados a la gestión portuaria encontraba el más mínimo interés profesional en Matarani. Es probable que tuviera alguna razón, sin embargo me aventuré a rebatirle, indicando que la primera condición para la mejora profesional es la humildad y que, sin duda, en Perú encontraríamos algo provechoso. El transcurso del viaje me demostró que fue así. Visitamos el puerto, impecablemente limpio, dedicado a contenedores, graneles agroalimentarios y fosfatos procedentes de Bolivia. El puerto esta concedido en explotación a la citada TISUR, perteneciente al grupo económico más importante de Perú: el grupo Romero. Me agradó conocer que, como uno de los grandes y novedosos activos del puerto de Matarani, nos enseñaban una grúa Gottwald- Demag 280, que utilizaban para descarga de contenedores. Afortunadamente nuestra empresa cuenta con tres: una, modelo 260; y dos, modelo 330. Nuestra primera grúa Gottwald, vendida recientemente, fue adquirida hace diez años. Este dato nos puede aportar una idea del desarrollo portuario peruano.
Dimos un breve paseo por el puerto, acompañados siempre de un vigilante jurado armado hasta los dientes. Los trabajadores portuarios nos miraban con extrañeza, pero fueron respetuosos en todo momento. También hicimos una breve visita al puerto pesquero. Recorridos distintas instalaciones de procesado de calamar. Se trata de un calamar de tamaño considerable. El procesado se limita a la limpieza y a un troceado o fileteado especial que, posteriormente, deshidratan al sol. Los retales de las vainas de calamar se tienden al sol como pañuelos, protegidos con una red para evitar que las gaviotas se lo lleven. Los japoneses, gente extraordinariamente eficaz y práctica, son sus principales destinatarios y no tienen mayor interés en transportar agua.
Sobre las dos de la tarde habíamos concluido la visita. Se nos ocurrió acercarnos a un pequeño mercado, próximo al puerto, por si nos pudieran dar algo de comer. Lo cierto es que lo que vimos nos pareció tan poco apetecible que retomamos el autobús para regresar a Arequipa. El regreso fue algo más lento. Lo que en el viaje de ida había sido un descenso a “rueda libre”, se convirtió en un lento ascenso por aquella sinuosa carretera. La tarde estaba despejada y se veían claramente las cimas que debíamos superar. Hubo una parada repentina que nos sorprendió, incluso, nos alarmó. Algunos pensamos que se trataba de un reventón o de un calentamiento lógico. En modo alguno. El chofer hubo de parar el autobús para proveerse de hojas de coca que, sin el menor ofrecimiento al pasaje, empezó a mascar como un rumiante. Los indios utilizan ese placebo para remediar el mal de altura. Yo creo que en el fondo son un poco viciosillos y están un tanto”enganchados” al alcaloide.
Llegamos al Hotel Libertador sobre las cinco y media de la tarde. Nos fuimos al jardín, avisamos al maitre y, compartiendo mesa, Jose Mª Ozores, Carlos Martínez; Jesús Etchebers, Eduardo Blanco y yo nos procuramos el almuerzo que no nos ofrecieron en Matarani. Cerveza “Arequipeña”, pisco sour, ceviche de corvina, calamares y chicharrones de pollo componían una especia de buffet que nos tuvo ocupados casi un par de horas. Conversación fluida y una vista inmejorable hacia el volcán Misti. También nos hacían compañía dos alpacas y una tortuga de gran tamaño, gentileza del hotel, pero nos miraban con absoluta indiferencia.
Dimos un nuevo paseo nocturno por Arequipa. Visitamos multitud de pequeños comercios de artesanía y debo destacar una joyería especializada en plata antigua que me llamó la atención. Dos señoritas elegantísimas, con aspecto europeo, y con una técnica comercial muy depurada, hubieron de vendernos la mismísima catedral. La gente del grupo se animó a comprar pequeños detalles de plata y alguno resolvió su regalo a la paisana. Ya casi nos íbamos cuando en una vitrina descubrí algo que me gustó. Me gustó mucho. Se trataba de una concha gruesa, como del tamaño de una vieira, pero conformada por un material de mayor calibre y más tosco. Lo más sorprendente, su precioso color rojo anaranjado, como de coral. El seno de la concha estaba revestido de plata antigua, sin demasiado brillo, como un baño interior que le aportaba gran dignidad. Y un pequeño anillo, igualmente de plata, le servía de base. La concha estaba sola en la vitrina. No era demasiado grande y, sin embargo, llenaba armoniosamente el espacio asignado. Nadie del grupo se había fijado en ella y yo la miraba con insistencia. Salía del local con la intención de apartar de mí la tentación, pero una y otra vez mis pasos me llevaban a ella. Desde niño, cuando recogíamos unas conchas diminutas, llamadas margaritas, al final de la playa de la Aguieira, he sentido particular atracción por esos tesoros pequeños de la bajamar. En mis años adolescentes el paseo de la playa al atardecer casi siempre tenía sus enigmáticas compensaciones: un cristal de formas caprichosas, una piedra antojadiza o rara, un retal de cadena con contrete, un alga marina aromática y sensual o- como no- las filarmónicas caracolas que te llevabas al oído para escuchar el mundo. Julia, cuando estuvo en Contadora, me trajo conchas, simples y níveas conchas marinas; y fue un regalo acertado que acompaña mis horas en la librería de mi despacho. Librería que ya casi parece un bazar.
Tímidamente me acerqué a una de las dos señoritas y le solicité información acerca de aquel atractivo resto calcáreo, referencias del molusco bivalvo que la había habitado en el fondo del mar. El porqué de su color y el porqué de su atractivo. La señorita me sonrió y, más tarde, con un gesto de aprobación me dijo:
“Señor, Vd. ha reparado en una de las piezas más hermosas. Se trata de una “spondilus”. Una concha marina muy querida por nuestro pueblo, ligada a su cultura y a su tradición desde tiempo inmemorial y que solamente se encuentra en Galápagos. Su coral se utiliza en la orfebrería peruana desde muy antiguo y poseerla es un rasgo de distinción y de dignidad.”
Entonces me enseñó un buen número de collares, pendientes, pulseras y anillos realizados en oro combinado con el atractivo material, debidamente pulido. Algunos del grupo adquirieron colgantes y adornos diversos realizados con “spondilus”, pero yo me quise llevar la concha tal y como el mar la donó, una vez salvaguardado su pudor con el velo de plata que cubrió su desnudez. Me la llevé cuidadosamente envuelta entre algodones y empaquetada en una caja azul que fue cerrada con un lazo de raso. El precio ya lo he olvidado.
Aquella noche regresamos al hotel muy temprano. El cansancio seguía haciendo mella en nosotros. Tomamos un vino blanco peruano al que llamaban pretenciosamente “Blanco de blancos”. Un pequeño sándwich y para la cama. José Mª estaba un poco mejor, pero con una somnolencia excesiva. Todos optamos por acostarnos temprano y descansar.
Al día siguiente debíamos esperar a las tres de la tarde para tomar el avión con destino a Piura, en el noroeste del país, a escasa distancia de la frontera con Ecuador. Ocupamos la mañana en varias visitas de contenido cultural. Pero debo destacar una visita a una auténtica ciudad dedicada a la meditación, a la oración y al culto: me refiero al Convento de Santa Catalina. Construido en 1579, en él llegaron a enclaustrarse más de quinientas monjas dominicas, con su correspondiente servicio, tras pagar una dote de más de mil pesos oro. Tiene un total de 20.000 m2 y su interior se divide en calles, plazas, capillas y, por supuesto “ apartamentos” que eran mucho más que una celda. Los geranios, el color vivo de las sencillas pero preciosas edificaciones, en azul, violeta, anaranjado…, los nombres españoles de las calles, el Claustro de Los Naranjos, el claustro Mayor, el Patio del Silencio, la curiosísima lavandería, compuesta por una serie de tinajas de barro alimentadas de agua por una acequia central. Todo ello al aire libre. Es un conjunto ciertamente memorable. La pinacoteca y los distintos retratos de las monjas, casi todas ellas pertenecientes a familias ilustres. Las monjas eran retratadas en el lecho mortuorio, inmediatamente después del óbito, pues el retrato en vida se consideraba una concesión intolerable a la vanidad. Cuberterías de plata, porcelana de Limoges y de Bristol, mantelerías y sábanas de hilo, constituían el ajuar de aquellas ilustres monjas, dedicadas a la oración y también a la cocina.
Me sorprendió, dentro del barroco mestizo que conforma la Iglesia de la Compañía, un Santiago Matamoros, que en realidad es un Santiago “Mataindios” que debió servir a los jesuitas de argumento persuasivo en la época de la evangelización. Esta labrado en piedra arequipeña, piedra blanca muy trabajable, pero muy frágil, en la fachada lateral de esa preciosa iglesia.
Llegar a Piura desde Arequipa por vía aérea supone tres vuelos. De Arquipa a Cuzco, de Cuzco a Lima; y de Lima a Piura. En el primer vuelo tuve como compañera de asiento a la mujer de un ingeniero de minas, gerente de una importante mina de cobre al sur del país. Señora de cierta edad, de facciones indias, pero muy guapa, pequeñita y expresiva, no tuvo demasiado reparo en hablar con sinceridad de los problemas de su país. También quiso que le hablara de España y así lo hice. Su marido, jubilado, se había metido en una aventura empresarial consistente en la construcción y explotación de un complejo turístico rural muy próximo a Arequipa. No pude menos que apoyar la idea, pues, sin duda alguna, lo más exportable de Perú es su patrimonio natural. Le dije que la vieja Europa ya está cansada de contemplar románico, gótico o renacentista. Notre Dame de París, San Marcos de Venecia, el Ayuntamiento de Bruselas, el Mont Saint Michel o San Pedro de Roma eran un espectáculo en si mismos, pero los europeos quisiéramos valorar también lo que la naturaleza nos ofrece inalterado. Y en este terreno su país estaba sembrado de oportunidades. Le dije que no sería extraño el incremento de afluencia turística hacia Hispanoamérica y, por tanto, la iniciativa de su marido me parecía muy acertada. Hablamos de nuestras respectivas familias y de algunos temas trascendentes como la educación o el futuro de nuestros hijos. En resumen, muy agradable.
Eran casi las nueve de la noche cuando aterrizamos en Piura. La noche maquilla los defectos y disimuló la realidad cruda de aquella localidad. Hacía calor, un calor húmedo y pegajoso que nos indicaba la proximidad al paralelo 0. Nos hospedamos en un hotel con jardín y piscina: el Hotel Río Verde. Más que habitaciones eran como pequeños bungalows que daban al jardín. El climatizador de la habitación cumplía su función, pero el precio era un ruido persistente, como de roce del ventilador. Casi todos optamos por apagarlo. La Autoridad Portuaria de Marín nos invitó a cenar en el mismo hotel. La cena resultó agradable, pero-como es habitual- el cansancio se notaba. Nos sirvieron una buena selección de pescados y una macedonia de frutas que todos agradecimos. La bebida de elección fue la cerveza, más adecuada a los calores que el vino tinto. Jesús Etchebers, Presidente de Arpesco, la asociación que engloba a los armadores de pesca de La Coruña, nos habló de sus aventuras profesionales en el Pacífico. Jesús es un hombre muy interesante. Enormemente tenaz y constante en la lucha por alcanzar sus objetivos y destaco de él su valentía. He vivido con él conflictos laborales muy radicalizados en el puerto de La Coruña y, a pesar de haber mantenido posiciones diferentes en algunas cuestiones de matiz, siempre supe ponderar, incluso públicamente, su coraje. Es hombre directo, poco diplomático y poco amigo de andarse con rodeos, pero tiene la confianza de sus representados y el reconocimiento de sus adversarios. Ha logrado cosas que yo consideraba como imposibles y, por ello, lo admiro.
Madrugamos al día siguiente para, a través del desierto de Sechura, llegar al puerto de Paita. Paita es una ciudad portuaria con unos 50.000 habitantes. El tráfico más importante es la pesca y algunos contenedores. La entrevista con el gerente de la fue poco enriquecedora. El hombre, que ni tarjeta nos dio, se afanaba por dar un aspecto de solvencia profesional, pero no lo conseguía. Era claro que era un puesto político, nombrado por otro político. A mi pregunta de cuál era el número de contenedores que el puerto movía, se deshizo en evasivas, se ocultó entre mil papeles y, al final, no contestó. Sencillamente, porque no lo sabía. Se movió en un discurso de defensa del modelo público de gestión y explotación portuaria y no nos convenció a ninguno. La reunión no duró ni media hora. Un policía nos acompañó a visitar las contadísimas instalaciones portuarias y, en cuanto tuvimos oportunidad, dimos por finalizada la visita. No tuvieron con nosotros el mínimo gesto de cortesía: ni un café, ni un pequeño obsequio de recuerdo. Y las sonrisas, las mínimas.
A las doce de la mañana nos encontrábamos en un antiguo club social de Paita, el Liberal, que nos encantó por su autenticidad. El edificio colonial se caía de viejo. Los muebles raídos, los cuadros y espejos del destartalado salón se encontraban en un estado calamitoso, pero se evidenciaba un elegante estilo “ Art Decó”. La escalera de acceso, amplia, con un pasamanos abalaustrado, indicaba la dignidad que en algún tiempo debió tener aquella sociedad. Los servicios higiénicos eran como del siglo pasado. Las griferías habían perdido todo cromado y dejaban ver un latón rancio, pulido de tantas friegas. Sin embargo aquel calamitoso local tenía una terraza sobre el puerto que era una auténtica maravilla. La terraza estaba cubierta, dejando abiertos el frontal y los laterales, pero éstos últimos cerrados parcialmente por una especie de cañizo vertical que daba sombra y dejaba pasar el aire. En el techo funcionaban esos típicos ventiladores de aspas vegetales que aportaban al local un ambiente tropical, pero a la vez fresco y reparador. Un camarero añoso y diminuto, ataviado con una chaquetilla blanca muy profesional, a la vez que nos servía unas fresquísimas cervezas, nos hablaba de lo que, en tiempos, había sido aquél club. Nos habló de las fiestas de fin de año, de los trajes blancos de lino y algodón, del pisco y el ron que corrían generosamente y también nos habló, con cierta voluptuosidad, de las mujeres altas, morenas y espléndidas de aquellos magnates venidos de toda América. De sus vestidos con volantes y de sus faldas de vuelo, de sus chales de seda y de sus magníficas espaldas. Entonces se bailaba mambo y merengue hasta el amanecer y se desayunaba en la playa pescado frito y mariscos variados. Yo escuchaba absorto y me sentía transportado a una novela de John Le Carré. El Liberal de Paita fue un hito en nuestro viaje. Allí nos encontramos muy bien y el camarero fue retribuido en proporción al encanto de sus narraciones. Aquella hora nos supo a gloria.
De allí nos fuimos a visitar una industria congeladora y fabricante de harinas de pescado: Industrial Pesquera de Congelados S.A.C. Su accionista mayoritario es un empresario vigués llamado Enrique García Abalde que, si bien no estaba, había dejado a su gente perfectamente instruida para nuestra visita. Después de una breve inspección ocular a las plantas de troceado y envasado de los filetes de pota, tuvimos una pequeña reunión en la que nos hablaron de sus productos, de sus intenciones comerciales y sus estrategias de internacionalización de su empresa. Posteriormente visitamos una planta de obtención de harina de pescado, precisando que al procesar exclusivamente calamar, la calidad de la harina era extraordinaria, con unos niveles de proteína superiores al 85%. Lástima que su producción estuviera totalmente comprometida para empresas japonesas y coreanas, dedicadas a la cría de langostino y de camarón. Hubiera sido una buena representación para España. De todos modos, el precio F.O.B ( Free on board) era de 1.200 €/tm. lo que no es ninguna ganga.
Llegaba la hora española de comer y allí nadie se explicaba, lo que generó una cierta inquietud en el colectivo. Mirábamos el reloj con insistencia y nos mirábamos con gesto, digamos, preocupado. El director de la planta, un ingeniero industrial muy agradable, Gerardo Carrera Sáenz, se percató de la situación y con gran delicadeza nos dijo que su Presidente, el gallego de Vigo anteriormente mencionado, le había rogado la máxima cordialidad para con nosotros; y que, si no teníamos inconveniente, le permitiéramos invitarnos a comer. Pienso que debimos hacernos de rogar un poco, aunque sólo fuera por mantener unas ciertas formas, pero Julio Pedrosa, veterano presidente de la Autoridad Portuaria de Vigo, le dijo con toda naturalidad que pensó que nunca nos lo iba a proponer. Con las risas oportunas nos dejamos dirigir y encaminamos nuestros pasos, o mejor dicho, nuestro autobús hacia el lugar de Colán, en concreto a un establecimiento precioso denominado “ Colán Lodge”.
Se trataba de un pequeño establecimiento hostelero, que incluía hotel y restaurante, ubicado en la playa de Colán. Imagínate un arenal de 14 Kms. de longitud en el que sólo estábamos nosotros, y, aproximadamente en el punto medio un edificio discreto de dos plantas, enteramente construido en madera. En el interior contaba con un salón con barra, decorado con elementos marinos, confortables divanes de madera y lona ligada a la madera con agreste cáñamo, caparazones de tortuga, vértebras de ballena, pequeños elementos de navegación como antiguas cartas náuticas, sextantes, correderas, compases, etc. Creo que todas las piezas eran originales. En el centro una chimenea de piedra volcánica y sobre la misma un tapiz peruano de colores vivos que aportaba una gran alegría a aquella estancia. El porche del edificio tenía una larga mesa de madera fregada, complementada con una sillería como muy elemental, realizada en troncos de madera de cedro. Rápidamente extendieron un mantel blanco, vajilla, cristalería y cubiertos y aquel porche, a apenas 25 metros de la orilla del mar, quedó convertido en un elegante comedor en el que disfrutamos un almuerzo extraordinario. Soplaba un viento fresco que hacía soportable la temperatura. Comenzamos con unos pisco sour, a modo de aperitivo, y seguidamente nos sirvieron un menú que consistía en un ceviche realizado a base de congrio rojo y congrio negro y corvina, pota de la casa, camarones, camote- una especie de patata dulce- langostinos al ajillo y el consabido plátano verde frito. El cuerpo pedía un vino blanco y Gerardo nos sorprendió con un verdejo del Marqués de Riscal, elaborado en Rueda y servido en cubitera, a la temperatura más adecuada. El lugar, el Pacífico, la arena blanquísima y turgente, la armoniosa construcción en madera, la conversación y nuestros rostros satisfechos y ya ligeramente enrojecidos por el sol tropical y por el vino propiciaron un tiempo extraordinariamente grato. En el autobús nos acompañaba una especie de guía aportada por la agencia de viajes. Es probable que no alcanzara la categoría de guía. Una chica menuda de unos 30 años a la que, tal vez imprudentemente, invité a acompañarnos en la mesa. Se sentó a mi lado y comió con una avidez que me sorprendió un poco. En justa correspondencia me aportó algunos datos sobre el lugar. Me habló de Máncora, localidad situada un poco más al norte y que es un auténtico paraíso del surf. También me habló de un insecto muy cargante al que llaman “isango”, un mosquito diminuto cuya picadura produce un enorme escozor. Hay que guardarse de tomar asiento en el “pasto”( la hierba). Entre plato y plato hacíamos pequeños desplazamientos hasta la orilla del mar. El lugar era tranquilo. Una ligera marejada ilustraba el mar con algunos borreguillos y la luz era intensa, sin llegar a molestar. Cuando yo manifestaba mi contento y mi satisfacción, la guía me contaba que, en Perú, cuando alguien se encontraba distraído, divagando en sus cosas o extasiado ante cualquier fenómeno, se le decía cariñosamente: “Estás en la luna de Paita y en el sol de Colán”. Al parecer, en esas latitudes, no sólo el sol es especialmente luminoso. También la luna presenta una luz que casi hace innecesario el alumbrado nocturno. En aquel momento yo disfrutaba del “ sol de Colán”, y muy agradecido.
La tarde avanzaba y debíamos regresar a Piura para tomar el avión de regreso a Lima. Volvimos al autobús encantados del trato que nos había dado Gerardo Carrera, que remató su faena con una breve visita, limitada al exterior, a la primera iglesia construida por los españoles en Perú. Lo dejamos en su oficina con una despedida expresiva y nos dirigimos hacia el aeropuerto de Piura.
Una vez más, la curiosidad nos hizo detenernos en una pequeña localidad llamada Catacao, pues nos hablaron de la cantidad de artesanía que allí se podía adquirir a precio muy ventajoso. A la puerta del autobús nos aguardaba un ejército de niños que portaban pequeñas cajas de lustrar zapatos. Uno tras otro nos ofrecían su servicio con un expresivo “ Señor: ¿ le lustro?” Algunos aprovecharon para desempolvar sus zapatos. Desde mis tiempos mozos, en los que acudía los domingos por la mañana a limpiar los zapatos al salón limpiabotas de San Bernabé, nadie ha vuelto a limpiarme los zapatos. Creo que ningún hombre tiene derecho a poner a otro hombre a sus pies, y menos, para limpiarle las calzas. Los zapatos me los limpio yo, y aún hoy en día, no tengo ningún inconveniente en limpiar los de Roque, los de las niñas o los de Julia. En aquel office de la cocina de “ Melquíades” limpié en muchas ocasiones los zapatos de mis hermanas, los de mi padre y también los de mi madre. También es verdad que casi siempre era un trabajo retribuido. Pero cuando observo la escena de un hombre apoyado en una barra o sentado en la terraza de un café, con otro hombre a sus pies experimento un sentimiento de rechazo. Mi cuñado Agustín, durante su intervención en las bodas de oro de mis suegros, nos decía muy atinadamente que Ceferino enseñó a sus hijos el que un hombre no debe mirar hacia abajo a otro hombre, salvo para ayudarle a levantarse. Creo que es una sensata enseñanza.
De toda la oferta artesana de Catacao debo resaltar un producto líquido que me ofreció una anciana: se trataba de la “garrobina”, licor dulce procedente del algarrobo, providencial al parecer para la potencia sexual. Estos viajes en solitario, es decir, sin paisana, es mejor llevarlos con tranquilidad y con la mocedad apaciguada, por lo que opté por rechazar el tentador ofrecimiento, no sin antes recabar la máxima información acerca del brebaje.
Y así, ya en la noche, volamos a Lima de nuevo. De nuevo la “garúa” y de nuevo al Hotel Marriott. Llegamos tan cansados que nadie se animó a cenar. Ayudé a Jose Mª a instalarse en su habitación y me retiré a la mía muy “exigido”. Renuncié a deshacer la maleta y me encamé a toda velocidad. Y creo que dormí profundamente.
A las nueve de la mañana nos esperaba el autobús para llevarnos al puerto de Callao, el puerto más importante de Perú, en donde teníamos dos entrevistas concertadas. Desayunamos con rotundidad, pues la jornada que nos esperaba era intensa en actividades y larga en desplazamientos.
El Callao está unido con Lima y casi constituye un barrio de ésta. Llegamos al puerto a través de una zona de intenso y desordenado tráfico. Una zona muy poblada, pero de aspecto abandonado y sucio, plagado de “chifas”- restaurantes chinos- , edificaciones de escasa calidad y cantidad de gente en las aceras, atorrantes y desocupados. Entre 1849 y 1874 llegaron a Perú más de 100.000 chinos, procedentes de Cantón, para trabajar en las plantaciones de caña de azúcar y de algodón, una vez abolida la esclavitud. Esta inmigración estuvo, incluso subvencionada, con 30 pesos por persona. El viaje desde Cantón era miserable y se calculaba y 40 % de bajas, pero, derivado de este fenómeno, en Lima y Callao existe un alto porcentaje de población de origen asiático. Lima tiene un grave problema poblacional y social. Cantidad de indios han descendido desde la sierra a la costa y lo han hecho sin oficio ni beneficio. La ocupación por excelencia es la venta ambulante y los vendedores son sucesivamente expulsados de uno u otro barrio. Han sido expulsados de Barranco, San Isidro, Miraflores y Chorrillos y, al final, todo ese gentío se acumula alrededor del puerto en espera de que la actividad portuaria, y las economías de subsistencia que tal actividad genera, puedan paliar ese gravísimo problema económico.
Fuimos recibidos en un edificio frío, rodeados de bastantes medidas de seguridad. El director, D. Guillermo Vega, nos habló del Plan Nacional de Desarrollo Portuario, que contemplaba unas inversiones de aproximadamente 900 millones de dólares Usa y cuya ejecución precisaba de la inversión privada. Nos habló de la dedicación del puerto de Callao a los mercados asiáticos, con un incremento anual del orden del 30%. Nos habló de sus problemas de congestión de tráfico en los accesos, de la ausencia de grúas pórtico. Y de la saturación, casi colapso, del puerto actual. En realidad resulta un milagro que un puerto tan escasamente dotado pueda mover unos 13 millones de toneladas. La falta de mecanización de los sistemas de trabajo aporta un gran empleo, pero por el contrario encarece el costo. Las sobreestadías de los buques hace los fletes con origen o destino Callao muy caros. Ello encarece los abastecimientos y las exportaciones y condena a la economía peruana, en general, a la ineficacia y a la incompetencia. Las leyes económicas saben poco de concesiones sociales. Resulta difícil explicar a un funcionario de la administración peruana que la racionalización y la eficacia producen una mayor competitividad y, al final, fortaleciendo la economía se atraen inversiones y se genera empleo. Me costó mucho trabajo explicar esa obviedad a D. José Luis Guerola Lazarte, Presidente del Directorio de la Autoridad Portuaria Nacional ( Reparemos en la grandilocuencia del cargo). La reunión se tornó un tanto agria, pues las autoridades del puerto de Callao tenían noticia de nuestra visita a Matarani, único puerto privado de Perú, y se mostraban poco seguros ante nuestras preguntas. Al final, y en aras de buscar una salida diplomática a la dialéctica que se había creado con la cuestión del modelo público o privado de gestión portuaria, hube de recurrir a la sabiduría popular española estableciendo un paralelismo de esa cuestión con el célebre debate de “ Gato negro o gato blanco, lo importante es que el gato cace ratones”. En una palabra, eficacia en el trabajo y satisfacción para el que paga el servicio. Esto condujo de inmediato a la unanimidad y nos premiaron con una Coca Cola en vaso, sin hielo ni limón.
En nuestro propio autobús dimos un recorrido detallado por el recinto del puerto. Me impresionó que un puerto sin grúas pueda mover un millón de TEUS ( Un TEU es un contenedor de 20 pies). Los medios de tierra eran muy limitados y, sin embargo, en la terminal de TPC ( Terminal Portuaria de Callao) había multitud de contenedores propiedad de las líneas más acreditadas del mundo: Maersk, CCNI, CNMV, Sea Land, Abergreen, Hapag Lloyd, etc. El hecho de que estas líneas no posean ninguna terminal propia en todo el litoral peruano significa que el modelo portuario no es precisamente muy abierto. Vimos mucha carga general y algún buque pesquero de los que se dedican a la pesca de la anchoeta, el recurso biológico más importante del país. La corriente de Humboldt enfría las aguas de la costa peruana y las hace particularmente adecuadas para la fijación de esta pesquería. Paradójicamente todas las capturas se dedican a la producción de harina de pescado, situando a Perú como primer productor mundial de este ingrediente proteico.
Ya el contenido profesional del viaje iba tocando a su fin y todos estábamos deseando entrar en la fase final y más lúdica de la Misión. En Perú no aprendimos gran cosa en cuanto a técnicas de gestión y explotación portuarias, pero conocimos su realidad y ello profesionalmente también enriquece. El nivel de desarrollo portuario de Perú deja mucho que desear. En el seno de la Comisión de Puertos de la Cámara de Comercio de La Coruña yo me había inclinado por viajar a la costa atlántica francesa, en concreto a los puertos de la Bretaña y la Normandía. Argumentaba yo su alto nivel técnico y la buena disposición francesa para mostrar sus avances. También consideraba yo oportuno el viaje en un momento en que el espíritu europeo y europeísta parece haber entrado en crisis. La libertad de Europa debe a aquella singular región de Normandía más de 6.000 muertos civiles, víctimas del fuego amigo, durante la histórica gesta del Desembarco. Sin embargo la mayoría de los componentes habituales de estas misiones se inclinaron por Perú, desconociendo realmente el favor que me hacían.
Desde el puerto de Callao nos dirigimos una vez más al aeropuerto de Lima, cuyas salas de embarque y mostradores de facturación ya nos eran muy familiares. A mediodía tomamos un vuelo de Lan Perú con dirección a Cuzco o-tal vez mejor y más auténtico- Cusco. Intentamos obtener el mayor número posible de ventanillas pues el vuelo a Cusco es espectacular. Desde la costa nublada de Lima fuimos ganando altura y claridad para aterrizar en un valle del altiplano andino a 3.248 metros de altura sobre el nivel del mar. Y hasta alcanzar tan deseado destino, la visión hipnótica de la Cordillera total. El inmenso Neruda describía esa sucesión de montañas como “ Volcanes, socavones, cicatrices, nieves ferruginosas, titánicas alturas desolladas, abismos del abismo, cuchilladas que cortaron la cáscara terrestre…” Las maniobras de aproximación al aeropuerto de Cusco fueron un tanto bruscas, con descensos repentinos y giros muy pronunciados. Llegamos al atardecer y nos hospedamos, al igual que en Arequipa, en el Hotel Libertador. Hoteles Libertador es una cadena peruana que ha sabido rehabilitar con gran acierto antiguos conventos y palacios, convirtiéndolos en confortables hoteles de la máxima categoría. De nuevo nos ofrecieron a la llegada un té de coca para aminorar el “soroche”. Hemos de decir que Cusco cuenta con una infraestructura hotelera muy desarrollada. No en vano la actividad turística constituye la primera industria de la zona. En general, al turista se le trata con exquisita cortesía y , en todo momento, el cusqueño se comporta con gran hospitalidad. La puerta del Hotel Libertador estaba colmada de vendedores ambulantes que ofrecían las más diversas manifestaciones de la artesanía de la zona. En la puerta del hotel recibí una gran lección de marketing, impartida por una gente elemental, oscura y rústica:
Una mujer joven, de incuestionables rasgos indios, me abordó, ofreciéndome un sin fin de baratijas, broches, colgantes, pendientes, quenas, zampoñas, llamitas diminutas en plata y esmalte, muñequitas vestidas con trajes típicos de colores vivos y variados, reproducciones de pintura cuzqueña. La mujer era como el Gran Bazar de Estambul en versión ambulante, y de su cuello y de sus brazos colgaban los más variados productos. Pero lo más singular era su actuación comercial. Una vez ofrecido el producto, y ante la lógica negativa mía a adquirir alguna de aquellas mercaderías, ella renunciaba discretamente a cualquier presión adicional, limitándose a decir:
“Tal vez más tarde, señor. Mi nombre es Verónica.”
Me sorprendió aquella constructiva y prudente actitud. Me fijé en otros vendedores y todos actuaban de modo similar. No acosaban al potencial comprador. Muy al contrario. Renunciaban a toda actitud excesiva, limitándose a expresar su nombre por si, más adelante, el comprador reconsideraba su decisión. En ningún momento el visitante se sentía incómodo.
En mi opinión aquella actitud encerraba una sutil estrategia comercial de la que muchos deberíamos aprender. Comentaba con mis compañeros de viaje que, en lo sucesivo, deberíamos ensayar esa técnica tan sensible del “Tal vez más tarde, señor.” Y renunciar a la presión comercial excesiva que se torna contraproducente en casi todas las ocasiones.
Nuestra llegada a Cusco coincidió con la celebración de la octava del Corpus Christi y cuando accedimos por primera vez a la Plaza de Armas o Plaza Mayor nos encontramos la celebración simultánea de seis o siete procesiones alrededor de la plaza inmensa. Distintas composiciones acompañaban a distintos pasos, a hombros de mozos, compuestas por un séquito formal, de chaqué, largas filas de mujeres portadoras de velas y unas bandas de música con profusión de viento. Las piezas musicales eran bastante más alegres y consistentes en una melodía simple y reiterada. Gente muy pequeña y muy devota acompañaba a muy distintas evocaciones de la Virgen María, mantos triangulares, confeccionados en riquísimos paños, bordados en oro y plata, coronas brillantísimas. Paños de plata repujada, elementos de pasamanería, bujías protegidas por tulipas de cristal tallado, profusión de flores naturales, andas de madera muy labrada y; el conjunto superaba en expresividad al más barroco paso sevillano. La plaza era toda ella un espectáculo, cantidad de gente acompañaba a los pasos, salidos desde distintas iglesias cusqueñas. El ambiente era de un gran alborozo y el gentío mezclaba oraciones breves con cantos sagrados entonados en idioma quechua. Nos acercamos respetuosamente hasta los pasos y pudimos ponderar la calidad de la imaginería, la discreta elegancia de los próceres, el rítmico balanceo, sin duda más animado que el lento mecer de los pasos de la Semana Santa española.
En los prolegómenos del viaje había sugerido a la Cámara de Comercio de La Coruña que intentaran hospedarnos en el hotel más solicitado de toda Sudamérica. Se trata de Hotel Monasterio, ubicado en la Plazoleta de las Nazarenas, en un antiguo monasterio construido en 1592, en el corazón de Cusco. La tentativa resultó inútil, pero no quise dejar de conocerlo. Propuse a José Mª Ozores, a Carlos Martínez, a Eduardo Blanco y a Beatriz Colunga acercarnos a esta maravilla. Nos acercamos a la citada plazoleta y, después de justificarnos e identificarnos en Recepción se nos permitió conocer las zonas comunes del hotel. Una auténtica maravilla. La capilla, impecablemente restaurada, estaba plagada de imágenes preciosas. La sillería, el coro, las capillas laterales, el via crucis, los inmensos candelabros, todo destilaba buen gusto y sensibilidad. El alumbrado era tenue y era aportado mayoritariamente por la luz de las velas. El techo en madera vista, con cerchas de cedro, soportando una cubierta de teja árabe. Un claustro de piedra en cuyo patio central una fuente, iluminada muy discretamente, aportaba la musicalidad del agua. Naranjos, adelfas, rododendros y setos cuidadísimos de mirto y de boj impregnaban el aire de un aroma vegetal agradabilísimo. Me pareció obligado invitar a mis compañeros a un aperitivo en el snac- bar que nos sorprendió por sus muebles, por la belleza de sus tapicerías y por la generosidad de cuadros en las paredes, todos ellos de la acreditada Escuela Cuzqueña. Era una especie de Hostal de los R.R.C.C. de Santiago de Compostela, ubicado en la altiplanicie andina. Nos trataron extraordinariamente bien, acompañando nuestro pisco sour de los más variados canapés y de unas patatas fritas que ni en el mismo Madrid se encuentran tan ricas. Allí hicimos tiempo para desplazarnos, a eso de las nueve de la noche, al Map Café, modernísimo restaurante ubicado en el patio del Museo de Arte Precolombino, en donde la Autoridad Portuaria de La Coruña nos ofrecía una cena. Resultó agradabilísima, en un establecimiento de cristal, ubicado en el patio blanco, con balconadas en azul fuerte, de un edificio colonial en donde se ubicó el Museo, todo ello merced a la generosa aportación del BBV-Argentaria. Cenamos a la luz de las velas, amenizados por un grupo folclórico de música andina, resguardados del rocío nocturno por aquella inspiradísima estructura de cristal; y nuestro anfitrión no escatimó nada de nada. Recuerdo que cené unos ñoquis rellenos de marisco que estaban extraordinarios, acompañados de un vino blanco chileno, un sauvignon llamado “ Casillero del Diablo” .
Regresamos de nuevo al hotel caminando, saboreando la noche de Cusco, la transparencia púrpura de aquella altitud, con un paso lento, reflexivo, como deseando prolongar aquel minucioso periplo por calles que en cada recodo hablaban de España. Aquella antigua capital del reino inca nos estaba hechizando. La conversación fluía y todos estábamos sumidos en un particular bienestar. Todos deseábamos agradarnos y nada podría turbar la paz de aquellos instantes. Llegamos al hotel y nos entretuvimos un tiempo visitando con calma sus distintas estancias, pues el hotel se edificaba sobre la antigua Casa de las Escogidas del Inca, frente al Coricancha o Templo del Sol. Aquella noche dormí muy plácidamente.
Sobre las nueve de la mañana nos vino a buscar un guía muy correcto, creo que era profesor de la Universidad. Venía tocado con un sombrero de algodón, en color beige y de ala ancha. Portaba una voluminosa mochila de la que colgaban toda suerte de abalorios. Iniciábamos en bus nuestro desplazamiento a Poroy, localidad muy próxima a Cusco en cuya estación nos esperaba el tren que nos había de llevar a Aguas Calientes, al pie de Machu Picchu. Podríamos hacer la totalidad de la ruta en tren, pero supondría un tiempo adicional, pues la salida hacia Poroy es muy empinada, haciendo inevitable una vía férrea en zig-zag cuyo recorrido es muy lento. Desde hace un año la compañía ferroviaria peruana Perurail explota en combinación con Orient Express la ruta de Poroy a Aguas Calientes, a orillas del río Urubamba, todo a lo largo del Valle Sagrado. Creo que es la ruta ferroviaria más hermosa que se pueda imaginar. La llegada a la estación de Poroy fue todo un acontecimiento. Un grupo de baile nos esperaba en el andén, acompañado de música de quena y zampoña. Todo el servicio del tren se encontraba en formación para darnos la bienvenida. En el mismo andén nos ofrecieron un coctail al que llaman “Mimosa”, mezcla acertada de vino espumoso y zumo de naranja. El tren se componía exclusivamente de locomotora y tres vagones en impecable azul marino, con las letras y anagramas de Orient Express en bronce pulido y brillante. También se leía con claridad el nombre de la persona a quien fue dedicada la ruta: Hiram Bingham, descubridor de Machu Picchu. Un vagón dedicado a despensa y cocina, el vagón central dedicado a comedor; y el vagón de cola era bar americano y mirador, éste último con techo transparente y balconada abierta.
Una vez que accedimos al interior nos quedamos maravillados de la finísima decoración. El vagón comedor alojaba un buen número de mesas de cuatro plazas, en el costado izquierdo; y de dos plazas, en el costado derecho. Sobre las mesas, delicadísimos quinqués de bronce con pantalla blanca de fino tul plisado. Mantelerías de hilo con cubiertos de alpaca grabados. Cristalería completísima e impecable con sutiles grabados al fuego. La tapicería de los bancos corridos y asientos en tela gruesa estampada en tonos suaves en verde y beige, haciendo juego con unas pequeñas cortinas recogidas en los laterales de las amplias ventanas. Remates en molduras de madera acanaladas. Los apliques de los paramentos verticales también en bronce a juego con las lamparitas de mesa. Madera oscura, con decorados en marquetería más clara, revestía todo el vagón. Portaequipajes en barrotillo con sostenientes en bronce. El techo esmaltado en tono crudo, con plafones de cristal tallado. El piso en moqueta azul con remates en latón, los bordes de las escaleras de acceso rematados en piezas de fundición Los aseos de porcelana inglesa con grifería convencional en bronce y esmalte blanco. Inmaculadas toallas blancas, grabadas en azul. Jabones franceses delicadamente envueltos en papel de seda y todo tipo de elementos de aseo personal alojados en un pequeño armario de madera con espejo biselado. Los pomos, tiradores y pasadores en brillante bronce rematado en esmalte.
El vagón- bar tenía una decoración muy similar con tres apartados claramente diferenciados: una zona de tresillos azules y pequeñas butacas capaz de alojar a unas diez o doce personas, una barra de madera y bronce con cuatro taburetes tapizados en piel azul y reposapiés en bronce; y una zona acristalada, con un sillón circular en el centro, con piso de madera tropical mate, cuya misión es la contemplación del paisaje con el mayor ángulo de visión posible. El vagón terminaba con un balconcito exterior, con una sólida barandilla de fundición que permitía la salida a dos o tres personas para mirar hacia atrás.
Cada uno de los dieciocho viajeros tenía asignada su plaza en el comedor mediante una carta menú personalizada, con el nombre y apellido perfectamente caligrafiados a mano. El servicio, de riguroso esmoquin, se presentó por su nombre y un maitre muy profesional nos anticipó en qué consistiría la atención durante el trayecto. Nos sugirió la utilización del vagón bar, pues el almuerzo no se serviría hasta transcurrida al menos una hora y media, y en el bar nos podrían atender cualquier solicitud sin cargo alguno. Lo mejor del vagón- bar eran dos hermanos pequeñitos, ataviados de guitarra y requinto, que iban desgranando canciones de todos conocidas. Eran los hermanos Vera, músicos profesionales contratados por Orient Express para deleite de sus viajeros. A la media hora de salir de Poroy estábamos todos concentrados en el sector acristalado del vagón- bar. Nos reprimimos en las bebidas, pero la euforia producida por la contemplación de aquellos divinos parajes se traducía en una especia de “marcha” que nos hacía bailar al son de las guitarras y de las atipladas voces de aquellos compañeros musicales. Bailamos el “ Bambolero”, “Moliendo Café”y algún que otro carnavalito. Hice gala de lo aprendido en mis clases de baile e, incluso, enseñé los pasos básicos a Pilar Estévez y a Beatriz Colunga. Todos se quedaron sorprendidos de la gracia de mis pies y mi cadera a los rítmicos compases de la salsa; y se montó el “sarao”.
Pero debo significar que lo más señalable era la sucesión de paisajes que se nos iban mostrando a medida que el tren avanzaba siguiendo el cauce caudaloso del río Urubamba. La primera parte del viaje lo constituía un valle verde, entre montañas altísimas de cumbres nevadas, en las que se observaba ganado vacuno y alguna labor agrícola. Pequeñas casas construidas en adobe salpicaban los márgenes del río. Si uno se fijaba podía ver saltar en el río algún ejemplar de trucha “arco iris”, pues el río fue recientemente repoblado con alevines traídos de Canadá. A lo lejos se divisaba una cumbre majestuosa, el Salkantay, con 6.271 mts de altura. A medida que el viaje transcurría el paisaje iba cambiando. Las cumbres lejanas se hacían más próximas, dejando ver una serie de bancales o terrazas agrícolas incas con los más variados cultivos. También comenzamos a ver algunos eucaliptos, plantados al parecer para proveer de durmientes de vía ( traviesas) al ferrocarril. El valle dejó paso a una serie de cañones que nuestro tren azul hubo de serpentear. El río Urubamba perdió calado y se hizo más rápido, más sonoro y más divertido. A partir del kilómetro 78, en la estación de Chilca, se deja ver el arranque del llamado Camino del Inca, una ruta que es el paradigma de las rutas de trekking en el mundo. Un camino que por espacio de cuatro días de andadura te conduce a ruinas arqueológicas como Llactapata o Q´ente, el paso de Warmiwañusca a 4.215 mts de altura, el valle de Pacaymayu, el abra de Runcucaray, las ruinas de Phuyupatamarca, Intipata para, por fin, acceder a Machu Picchu por la zona más alta y más sorprendente, por la Puerta del Sol. Nadie aficionado a caminar debería renunciar a esos cuatro días y cuatro noches de gloria. Creo que supone una visión sublime de la naturaleza en compañía de indios abnegados, sacrificados porteadores que te guían por el día y te guardan por la noche. Acampadas en lugares de casi imposible acceso y silencios que sólo rompe el viento. Con algo de suerte divisar al cóndor en su vuelo majestuoso y hacerlo partícipe de esa sublime comunión del hombre con su medio; y concluir ascéticamente que Dios ha hecho muy bien las cosas. Tal vez algún día, algún dulce día…
Mi mesa, compartida con José Mª Ozores, Carlos Martínez y Beatriz Colunga, estaba asignada a la responsabilidad de una señorita amabilísima, de impecable etiqueta, que, según rezaba una placa que llevaba en la solapa, se llamaba Rosa. Cuando nos sirvió el segundo pisco le rogué correctamente que no nos malcriara. Ella, con una dulce sonrisa, nos contestó:
“Es mi trabajo, señor. Permítanme que, al menos por unas horas, les malcríe. De ese modo es posible que Vds. regresen al Hiram Bingham y nos hagan a todos un poco más felices”
Comprenderás que esa respuesta, transcrita literalmente, no podía tener otro efecto que nuestra mejor disposición para el condumio que a continuación nos serviría. El menú rezaba como sigue:
Piqueos peruanos “Hiram Binham”
Humita verde con dúo de tomates, huevos revueltos con jamón
y filete de alpaca rostizado con aguaymantos.
Pechuga de pollo en salsa fresca de perejil y jamón serrano,
polenta de Mascarpone o arroz.
Mouse de granadilla y coco con salsa de chocolate.
Café o té
Vinos:
Tacama Blanco de Blancos
Tacama Tinto Selección Especial
Y no le dejamos ni la muestra. El servicio equivalente a un cinco estrellas. La sonrisa, el humor, incluso una cierta sutil ironía no abandonaron a aquel ángel a lo largo de todo el servicio. Fue larga, casi pródiga, en el vino. Correcta e impecablemente profesional en la atención. Apenas tendría 25 años y destilaba oficio. Servir no es fácil. Es preciso acompañarse de una actitud generosa que no es otra que el deseo de agradar. Así lo hizo Rosa. Sirvan estas líneas de modesto homenaje.
Poco después del café nos avisaron que estábamos próximos a Aguas Calientes, nombre suficientemente claro para designar una población conocida por su balneario. Se encuentra al pie de Machu Picchu y la llegada del tren se celebra casi como una fiesta. Una legión de vendedores y vendedoras ambulantes se dirigió a nosotros. Numerosos, pero correctos. Quise proveerme de dos elementos imprescindibles para acceder a la cumbre: una crema repelente de insectos y un sombrero de algodón. El sol en esas latitudes y en las primeras horas de la tarde merece un respeto. Me toqué con un sombrero claro y, debidamente protegido frente a los mosquitos, me dirigí al pequeño autobús que nos estaba esperando a poca distancia de la estación. La vegetación era mucho más abundante y se dejaba notar una humedad propia de las zonas selváticas. La carretera que sube hacia la Ciudad Sagrada es de tierra, inaugurada por el propio Hiram Bingham en 1948. Es muy estrecha y sube serpenteante por la ladera. Las curvas no tienen protección alguna y, a medida que se asciende, los abismos son más intimidantes. Los autobuses que suben y bajan son de muy pequeño tamaño, pues el radio de las curvas no permite una longitud, digamos, normal. Comienza la ruta con una espesura y un verdor exagerado al nivel del río que se va reduciendo con la altura. Curvas de 180 º suceden a rectas de nos más de 200 metros en un sucesivo zig-zag que resulta casi divertido. En ningún momento sentí temor. Transcurridos unos veinticinco minutos llegamos a un lugar inmediato a la cumbre en el que se encuentra el Machu Picchu Lodge, una hospedería muy bien integrada en el conjunto en la que adquirí para Roque un polo azul en algodón lavado. El guía hizo uso de su sombrero para convocarnos y le seguimos silenciosamente por un camino bordeado de verde, un verde rotundo, similar a la grama. Estábamos a punto de entrar en el lugar más esperado del viaje. Un lugar descubierto el 24 de julio de 1911 por un explorador americano, nacido en Honolulu y formado en las universidades de Yale, California y Harvard, profesor de historia americana en Harvard y Princeton, que llegó a ser gobernador de Conneticut y senador por su país. Un hombre tenaz que había estudiado algunos escritos del padre Agustino Calancha en los que hablaba de Vitcos y también había escuchado hablar de una ciudad oculta, próxima a Cusco, protegida por la espesura de la selva y a la que los campesinos llamaban Machu Picchu. Acompañado de un campesino llamado Melchor Arteaga y apoyado por un policía cusqueño, el sargento Carrasco, descubrió un lugar al que las fotografías no hacen justicia.
Cuando llegamos al primer estadio, a lo que podríamos llamar la plaza del pueblo, mis ojos despreciaron las ruinas y las piedras milenarias. Mis ojos egoístas se dirigieron a la sucesión de cumbres caprichosas que custodian el lugar. Sentí una impresión de plenitud, un cierto y raro misticismo. Creo que lo más impactante de aquel lugar, es precisamente eso: el lugar. La Ciudad Sagrada de los incas está rodeada de montes absolutamente verdes, separados por abismos de más de 800 metros con el río Urubamba en lo profundo. Por estos cañones se dejan ver multitud de balcones agrícolas, terrazas sembradas y abiertas al infinito. El guía se esforzaba en recabar nuestra atención para contarnos las mil y una interpretaciones de cada templo, de cada casa, de cada piedra. Las explicaciones del guía estaban henchidas de literatura, de ficción, de lo que es, de lo que fue y de lo que pudo ser y de lo que podría haber sido cada rincón de aquel lugar mágico. Pero yo continuaba en mis pensamientos, disfrutando una emoción contenida. Miraba a un lugar y a otro lugar. Buscaba nuevos ángulos, nuevas perspectivas. Fuimos recorriendo las distintas estancias, el sector agrícola , el sector urbano, el Templo del Sol, el palacio de la Ñusta, la Tumba Real, el Templo de las Tres Ventanas, el Intihuana, “ donde se ata al sol”. En una de las plazas existe un ceibo solitario, tal vez el único árbol en todo el recinto. Me recosté a su sombra y miré a la cima que preside la Ciudad, el Huayna Picchu. Las escasas nubes se tocaban con la mano, el cielo azul era rotundamente azul y, una vez más, el silencio me vencía. Ese ascético silencio que uno busca con disimulo de cuando en cuando. Qué extraño. Recordé la sombra de la tarde bajo el roble americano de Miñortos. Recordé a los míos y los sentí muy próximos. Me encontraba tan bien que comprendí los versos nerudianos de “ Alturas del Machu Picchu” cuando el poeta exhorta aquello de “ Sube a nacer conmigo, hermano”. Estar en aquellas cumbres era nacer a la América total de mis canciones. En aquel enigmático lugar se fundían la serena visión del océano Pacífico en Valparaíso, el sabor del salitre de Atacama, las hogueras patagónicas de la Tierra del Fuego, el calor tropical de Manaus, la musicalidad sensual de la bossa de Río de Janeiro, la brisa caliente del Caribe y la lluvia austral de Ushuaia. Recordé el Aleph de Borges, aquel peldaño milagroso de la calle Garay bonaerense en donde se fundían todas las latitudes, todas las longitudes, todo el tiempo y todo el espacio. Mi memoria adquirió por instantes una forma poliédrica y desde cada una de sus caras me transportó en volandas a lo más grato de mi existencia. Desde aquellas altas soledades me quise llevar toda la tierra de América en mis zapatos y, a fe mía, lo conseguí. Recordé la sensible reflexión de mi padre cuando lamenta que los momentos felices no se puedan envasar como se enfrascan los perfumes.
Investigué los tres niveles de la cruz andina, la Chacana: El Hanan Pacha, en donde está la vida futura, representada por el cóndor; el Caypacha, nuestra dimensión, nuestra vida actual con las plantas y los animales, representada por el puma; y, por último, el Uhupacha, mundo pasado donde las almas y la sabiduría viven, representado por la serpiente. El círculo central representa al mundo y al inca como único gobernador, presentado al Cusco como ombligo del mundo. Visité un pequeño huerto en donde tenían sembradas especies diversas como la granadilla o pasiflora, la palta o el aguacate, la coca, el aguaymanto, el wakanky o el mocco mocco. Pero quizá lo más sorprendente es que en esa zona se dan más de 250 orquídeas diferentes. De todas ellas destaca la Wiñay Wayna o “Siempre Joven” (Epidendrum secundum), que da nombre a un bello complejo arqueológico situado en el Camino del Inca.
Un médico estadounidense, el Dr. Eton, estudió los restos momificados de la multitud de tumbas encontradas en la Ciudad Sagrada. Lo primeró que llamó la atención del galeno fue la inmensa mayoría de mujeres. Un 95% de las momias eran mujeres. Todas ellas afectadas de osteoporosis. Este dato avaló la teoría de que Machu Picchu pudo haber sido una residencia de las vírgenes del sol, doncellas cuyo destino final pudiera ser el sacrificio. Cuando el guía nos explicaba este dato sacó de su abultada mochila una fotografía en gran tamaño de una vasija de barro, en cuyo interior había sido “ sepelida” una mujer joven. Fue enterrada al modo egipcio, con todos sus atributos, afeites, pequeños amuletos, joyas, lo que daba al enterramiento una diversidad multicolor que le daba una cierta alegría, al menos cromática. Cual sería mi sorpresa cuando en un lateral superior de la vasija, a escasos centímetros del cráneo, descubro la misma concha que me sedujo en Arequipa, la “ spondilus”. Consulté al guía sobre la naturaleza y el porqué de aquel molusco en una tumba de Machu Picchu y el guía alabó mi sutileza, confirmando que se trataba de una “spondilus” y que su presencia en casi todos los enterramientos femeninos era uno de los más oscuros misterios de Machu Picchu. Cómo pudo llegar a allí un molusco que sólo se encuentra en las Islas Galápagos, a 3.500 Kms. de distancia, para estar presente en los tocadores de aquellas doncellas de trágico final. La “spondilus” custodiaba las más queridas pertenencias y acompañaba a la doncella en su postrer acomodo.
Quise subir a la zona más alta de la Ciudad, en concreto, a la caseta del vigía. Afortunadamente mis piernas respondieron y, liberados desde hace muchos años de la servidumbre del tabaco, mis pulmones, también. Desde allí quise grabar en mi memoria la imagen tantas veces contemplada en guías o folletos turísticos. Ya la tarde avanzaba y la luz iba suavizándose. El atardecer de aquel lugar se quedará conmigo para siempre. Estuve unos veinte minutos en silencio. Y con una pena grande por lo breve de la visita fui descendiendo lentamente, asegurando cada paso, estudiando cada peldaño, volviendo de cuando en cuando la vista atrás, saboreando una despedida “trilce”.
En el “Machu Picchu Lodge” nos sirvieron un té, acompañado de algunas pastas, bizcochos y pastelería variada del lugar. Toda la Misión se felicitaba de aquella experiencia. Adquirimos algunos recuerdos elementales y tomamos el microbús para descender a Aguas Calientes. Una vez allí, cuando ya casi era noche, retomamos nuestro tren “Hiram Bingham”. Aquel amable servicio se interesó sobre nuestra opinión acerca de la excursión. Como quiera que la luz era ya muy escasa, nos acomodamos en el vagón-bar y los bailes de la ida fueron sustituidos por canciones a la vuelta. Por espacio de una hora cantamos un buen número de canciones, casi todas americanas. Boleros, cumbias, alguna ranchera en las que pusimos “alma, corazón y vida”. El pisco corrió con alegría hasta la hora de cenar. La minuta consistía en :
Timbal de alcachofas y almendras, vinagreta
de queso de cabra y ensalada de arugula
Crema de zapallo loche con curry y camarones.
Lomo de res en salsa de fungi porcini y vino Madeira,
puré de papas amarillas, acponatta de hierbas y lechugas.
Cheesecake de mango
con caramelos de pistacho y coulís de frambuesa.
Café o té
Vinos:
Tacama Blanco de Blancos
Tacama tinto Selección Especial .
Estábamos muy animados, pero el cansancio se dejaba ver en nuestros rostros. Cenamos con tranquilidad comentando lo aprovechado del día. Creo que esta iniciativa de Orient Express, en combinación con Perurail es una de las actuaciones turísticas y culturales más acertadas de toda la oferta americana. Les pronosticamos un gran éxito y les aconsejamos una mayor promoción y difusión de la misma. Es sorprendente que se pueda conocer algo teóricamente poco accesible con un nivel de atención, servicio e información propios del país más desarrollado.
Pero también debo reconocer un cierto complejo de culpabilidad al valorar el traumático contraste existente entre lo que nosotros disfrutamos y la realidad vital de cuantos nos miraron, de aquellos que con diligencia y afecto nos sirvieron. La desesperanza de aquellas cholitas que, envueltos en mantas multicolores, portaban a sus hijos a la espalda y nos llamaban inexplicablemente “papacito”, en demanda suplicante de una limosna. Recuerdo una tarde en Arequipa que preguntamos a unos niños escolares qué les contaban sus maestros acerca de los españoles. Ellos contestaron con la mayor naturalidad: “Que nos robasteis todo nuestro oro”. Y nosotros, sorprendidos, les devolvimos un silencio vergonzante.
América sangra todavía por la herida no cicatrizada de la colonización. No existe emancipación política sin emancipación económica. Y tal vez el gran papel de España pudiera ser el erigirse en valedora comercial de aquellos desamparados territorios, devolverles aquel oro en amor y en transacciones, en negocios siderales que atenúen como un bálsamo el dolor de la ardiente quemadura. Pagarles su mineral, su cereal y su encendida poesía. Indemnizarles de quinientos años de marginación e injurias. Tender de nuevo la mano al indio y en esta ocasión no para encadenarla, sino para estrecharla y hacerla libre, para besarla desde el beso más profundo de nuestras bocas. Hablarles de nuestro Dios, que ya comparten, sin mostrar nuestras uñas, negras por la codicia. Hacerles partícipes de la fiesta occidental de la justicia. Bolivia, Ecuador, Venezuela, Brasil, Uruguay, Argentina basculan a la izquierda porque el paraíso liberal capitalista apenas si les ha cedido las migajas. Las clases dirigentes dejadas por los colonizadores en más de una ocasión traicionaron a su propia tierra, malvendiendo sus recursos e ignorando sus raíces indígenas. Continuamos en deuda, por los siglos de los siglos.
Podría contar alguna cosa más de nuestro regreso a Cusco, ,del templo de Santo Domingo, de Qorikancha, de Saqsaywaman, de Pukapukara, de Tambomachay, de aquel terremoto que duró seis credos, del Cristo negro tiznado por las velas. De la ingenua Escuela Cuzqueña, de aquellos indoctos aprendices de pintura que, no conociendo el camello, en la Adoración de los Magos pintaban llamas. Cuando subimos a uno de los cerros que rodean a Cuzco, casi a cuatro mil metros de altura, nos encontramos un hermoso monumento al Sagrado Corazón. Acudimos allí porque ya era demasiada simbología inca la contemplada y uno ya echaba en falta a sus santos. Entonces recordé unos versos gallegos, dedicados al Santo Cristo de Fisterra, y quise adaptarlos a aquella realidad y como Dios me dio a entender fueron declamados al pie de la estatua blanca, muy similar a la existente en el Corcovado:
“Santo Cristo dos cuzqueños
Santo da barba dourada
Vimos de moi lonxe terra
Sólo por che ve la cara”
No se si debo terminar o, simplemente, quiero terminar. Es probable que esto haya quedado demasiado largo. Imagino que después de haber leído este largo relato mi padre puede sacar sus propias conclusiones. He sentido, he vibrado, he vivido hasta lo indecible. Lo he descrito tal y como mi memoria me dictó, ayudado de las notas recogidas en mi pequeño cuaderno “Moleskine”, compañero habitual de mis vicisitudes geográficas. Si has tenido la paciencia de llegar hasta aquí, te debo gratitud porque ya casi nadie escucha mis monsergas. Como muchas veces te dije, escribirte es casi una plegaria en la que uno se muestra sin dobleces, una suerte de catarsis, de ejercicio de reflexión, de confesión sincera de mis flaquezas o mis múltiples limitaciones. Pero creo que Perú me ha mejorado y espero que esta nueva experiencia americana acreciente mi sosegado poso existencial, el cúmulo de imágenes y vivencias que conforman mi memoria. Ya es verano y pronto volveré a jugar con las mareas. Tal vez algún amigo caminante acceda a escuchar lo acontecido, acompañando mis pasos por la arena de mis playas infantiles o, tal vez, por la hojarasca balsámica de aquellas averiguadas corredoiras por las que me suelo perder. Quizá algún día tenga nietos y alguno de ellos sea paciente y escuchador. Entonces le hablaré de América con un tejido de palabras renovado, le hablaré del trigo de los indios, de aquel atractivo lugar escondido entre los Andes y de una costa inmensa y constelada a la que gustaba de asomarme. Quién sabe si la experiencia me hará un buen contador de historias o un bienintencionado decidor de consejos. Pero, de momento, te hablo a ti, querido padre, a ti te lo cuento con el corazón abierto y las dos manos extendidas, como las alas del cóndor. Gracias por siempre y para siempre por tu paciencia proverbial.
Invariablemente tuyo,
CARLOS GONZÁLEZ FERNÁNDEZ de La Coruña
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